AQUEL VIEJO COFRADE
a vida pasa como una lenta cofradía que siempre acaba siendo
más rápida de lo que creemos. El está sentado a la vera de la vieja
puerta caída de aquel zaguán en el que empezó a jugar a los
medios amores siendo sesenta años más joven. Cada Lunes Santo
sale religiosamente con su silla a contemplar la metáfora de la vida.
Desde la Cruz de Guía a la trasera del Palio, la vida nace y muere
como esa misma cofradía a la que ha dado los mejores años de su
fecundo calendario. El pelo amarillea y las monturas de pasta ocre
pesan en esa nariz aún sorprendida por los primeros azahares, solo
unas semanas atrás.
Brazos cruzados sobre el pecho, como esperando un reto; rebeca
porque "de estas tardes de abril nunca hay que fiarse" y la foto de
su nieto en la cartera poco antes de que cumpliera con el rito de su
primer cirio de cera blanca.
Ya llegó la Cruz de Guía:
-"Ahí no vayais a ponerse que no veo"
Y ese primer tramo de nazarenos en el que debutaste. Qué pocos
erais entonces. Piensas, una vez más, un año más, en el sagrado
rito de salir de casa de la mano de tu padre, por primera vez,
vestido de nazareno. Y piensas, inevitablemente, en los rubores de
emoción que él debió sentir aquella lejana tarde mientras tiraba de
ti para soltarte de los brazos de una madre que aún te estaba
estirando la túnica. En tu casa olía a alhucema, cisco de picón. En
tu calle, los niños de entonces disputaban los piojos y las bolas, en
el cielo aún no habían tranvías y Sevilla, en tu memoria, se parecía
mucho a una gota de miel, tibia y espesa, que se desliza
suavemente hasta el pecho.
Hoy en tu silla, esa desde la que pueden seguirse las costumbres
de los gorriones, te ves en tantos chiquillos que estrenan
impaciencia y que empiezan a tragarse, sin apenas darse cuenta, el
libro de reglas no escritas de su ciudad. Acabarás subiendo al
balcón, como cada año, cuando llegue ese otro tramo de tan
jugosos recuerdos, de cuando eras nazareno con novia y ya
portabas aquella humilde vara de cofradía de barrio. ¡Con lo que te
gusta a ti ver a tu Dolorosa desde ese perfil derecho, a ras de
suelo, como hay que ver a la Virgen!. Y otra vez a tragar Palio. Tu
quisieras pero tus piernas ya no están para una bulla.
Tu cofradía iba creciendo de noche en noche, limpiando la plata y
pespunteando cuaresmas. Sábado Santo aquél de Santo Entierro y
de Estandarte recogido en casa hasta llegar el Corpus. Empezaban
entonces las casas de Hermandad, tímidamente, según el poderío.
Vuestra Casa era la cochera de algún hermano o la misma Sacristía
de la Iglesia. Noches de tabaco de picadura liados con el mimo que
da la escasez; noches de Radio, noches de Cruz de Guía; noches de
horas y horas de tertulia,
-"Estas son horas de llegar, Antonio?",
-"Mujer si es que ha venido Don Gonzalo, el capellán del aire";
Noches de reparto de túnicas, así a ojo, en lo que no fallabas
nunca:
-"A ese niño tráele la 147"
Y le iba perfecta, luego a su casa a orearla y a que su madre le
cambiara la tela del antifaz "que nunca se sabe quien la llevaba el
año pasado"; noches de repasar las canastillas con purpurina;
noches de fiambreras de bacalao con tomate esperando en vísperas
que algún hermano llegara tarde al reparto. Noche y noches y
tardes y tardes. Tardes de zaguán y de costaleros que saben que
los zaguanes de Sevilla son los camerinos donde vestirse de
héroes.
-"Niña, ¿cuántos nazarenos dices que salen este año?" "¿Mil
setecientos?".
¡Madre del Amor Hermoso! Pues no nos hemos llegado a inventar
cosas para estirar la Cofradía.
Cuando eras Diputado de Cruz de Guía tenías que ponerte de
acuerdo con el Diputado Mayor de Gobierno si parabas la cruz en
esa calle a la altura de la primera cartelera del cine o de la última,
porque siempre le faltaban diez metros de cofradía junto al Palio.
Ese mismo Cristo que está anunciándose en los tambores que ya te
retumban en el pecho, es el Cristo de la fotografía de tu recibidor,
junto al viejo bastón que gastó tu padre y que has gastado tú,
sobre un jarrón con destellos rojos que nunca acaban de oler a
campo pero sí a nostalgia y junto a la misma silla que todos los
años conoce el camino de subida y de bajada. Conoces la mirada de
esos ojos porque es lo primero que has estado mirando toda tu
vida al entrar en casa, yendo o viniendo de aquél trabajo que hoy
te ha dejado una calderilla y la fotografía en colores del día de tu
jubilación. En el horizonte relampaguean los ojos de la tarde que al
apagarse dejan escuchar la voz antigua de los cielos de abril.
Realmente la casa no debería tener tantos espejos. Desde que
estáis solos no necesitáis veros más que el uno al otro. A veces la
vida te parece una cosa tan vana que hasta sientes deseos de ir
apagando las lámparas para que tus ojos descansen en la sombra.
El café siempre acaba derramándose en tus pantalones, algún
canalla aparta las paredes de casa para que no te apoyes y ya han
de decirte dos veces las cosas para que las oigas bien.
Sin embargo quisieras sacudirte el polvo de los días y bajar con
ellos a llenarte los ojos de lágrimas y los bolsillos de caramelos, a
sujetar tu antifaz con tu mano vigorosa, a mirar muchachas
agazapado en tu anonimato, a saludar discretamente con un gesto
de tu mano a los conocidos de la carrera oficial, a escuchar de
nuevo al Brigada Rafael, a mirar una y otra vez a esa Dolorosa que
obra el milagro serpenteante de una larga hilera de nazarenos...
¡Ay, si tuvieras cincuenta desengaños menos!
Y cuarenta madrugadas por vivir
Y a tu vera aquellos ojos tan morenos
Con hechuras de sirena
Que también vivía en San Gil
y se llamaba Macarena
Que contigo y tus anhelos
Andando en pos de los cielos
y con la misma exigencia
Año a año y a tu vera
Fue una mujer nazarena
Con solo una diferencia
No le hizo falta una túnica
Era de los dos la única
En creerse la penitencia
Y el tiempo os ha mantenido
Y os ha plateado la sien
Juntos, cómplices los dos
Tu en tu balcón, embebido
Y ella embebida también
Para dar gracias a Dios.
CARLOS HERRERA